En 1982, en Boston, un menudo Alberto Salazar comenzaba a escribir su propia leyenda después de un laureado paso por la pista y el cross country, con récords americanos incluidos y el currículum inflado después de sus victorias consecutivas en Nueva York, en 1980 y 1981. Alberto, que en aquella gesta de Massachusets se batió en un duelo memorable (2:08:52) con Dick Beardsely, tras un cardíaco final, desfalleciendo en la meta. Meses después, repetía en Nueva York y se convertiría en uno de los mejores maratonistas americanos de todos los tiempos.

De origen cubano pero nacionalizado estadounidense, Salazar, polémico, aguerrido, en 1984 le decía adiós al atletismo culpa de un infarto, el primero de una serie de graves problemas de corazón que lo tuvieron al borde del abismo. Alberto pasaba a la posteridad como atleta, pero nacía su hijo pródigo: el Oregon Project, un grupo de entrenamiento comandado por él y patrocinado por Nike, de métodos sofisticados y rigurosos.

En 1982, en Second City (conocida de esa manera por la refundación del Bauhaus en la ciudad después del incendio de 1920), el norteamericano Greg Meyer ganaba el maratón de Chicago con un tiempo de 2:10:59, en el mismo año en que la ciudad se vio sacudida por una serie de misteriosas muertes que luego se descubrieron que fueron ocasionadas por la manipulación de una droga llamada Tylenol. Sin la tropa africana unificada como protagonistas, en los años que le siguieron los ingleses, marroquíes, brasileños copaban los podios de un maratón que había nacido en 1977 pero que no vería consolidarse como uno de los más rápidos del mundo hasta la entrada de las liebres, a finales de los noventa.

Hubo que esperar hasta el año 2000 para que un atleta estadounidense volviera a ganarlo: Khalid Kannouchi, que pocos meses antes se había nacionalizado americano después de emigrar desde Marruecos. Kannouchi, ex récord del mundo de la distancia, reiteraba el primer puesto en 2002, la última vez que un atleta con la bandera norteamericana ganaba el maratón de Chicago. Hasta el domingo 8 de octubre de 2017.

En 2002 un desgarbado miembro del Oregon Catholic High School, de Portland, ganaba el titulo estatal. Galen Rupp asomaba como una promesa del atletismo universitario. El hallazgo de Rupp no se confirmaría hasta 2009, en los campeonatos mundiales de Berlín. Aquel octavo puesto era sólo el principio de una serie de conquistas signadas por su talento como por su tenacidad y capacidad de surfear tormentas que bien podrían terminar con la carrera de cualquier deportista. Antes, Rupp lograba el récord americano en diez mil metros, con 26:44, una medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Londres, campeonatos nacionales de a montones y un presente de ficción.

En mayo de 2015, la BBC, ProPública y ex miembros del Oregon Project de Alberto Salazar, entre los que se destacaron Steve Magness y Kara Goucher, lo señalaron como principal protagonista de un minucioso y sistemático plan de dopaje junto a su entrenador, Alberto Salazar. Lejos de los flashes y las explicaciones, Rupp se refugió en su esposa, sus hijos y la soledad de la inhóspita Portland en un invierno que amenazó con sacarlo definitivamente de la elite. Las pruebas nunca se comprobaron y la investigación por parte de la USADA (Agencia Mundial Antidopaje) aunque no se cerró, se diluyó.

Después de esos acontecimientos, Salazar decidió que era el momento de Rupp en el maratón, y eligió los trials de Los Angeles para probarlo. No solo ganó la prueba por encima de un experimentado como Meb Keflezighi, sino que clasificó a los Juegos Olímpicos de Río en esa distancia, junto a los diez mil metros, donde también clasificaría unos meses después. En Río las condiciones fueron similares a las de Los Angeles, con mucho calor y humedad. Fue medalla de Bronce detrás de Eliud Kipchoge y Feyisa Lilesa. En su segundo maratón lograba la segunda medalla de su cuenta personal, agigantando su leyenda. En 2017 le esperaba su estreno en Majors, ni más ni menos que en Boston, la más rica en tradición, allí donde su jefe había brillado. Fue segundo detrás de Geoffrey Kirui, que sólo al final pudo escapársele.

En Chicago la lucha era con otro Kirui, Abel, que un año atrás se había adjudicado la prueba: “Esta vez no cometí los errores del pasado, salí controlado y aumenté mi ritmo en la segunda mitad”, le dijo Galen a NBC Chicago minutos después de cruzar la meta victorioso. Su tiempo fue de 2:09:20, su personal best, con una primera mitad “lenta” por las extremas condiciones de humedad y un segundo medio maratón en 1:03, que lo dejó solo junto a Kirui en la contienda final. El final en el maratón que consagró a Wanjiru, Kimetto y Kipchoge, o que inmaculó a Paula Radcliffe al récord mundial en 2002, esta vez se ensañó con el destino de Rupp, que parece hecho a la medida de un personaje trascendental en la historia del atletismo occidental. La controversia alrededor suyo es proporcional a su agigantada leyenda, que el ocho de octubre de 2017 sumó otra página. La imagen final, con Rupp fundido en un abrazo con Alberto Salazar y los dos envueltos en lágrimas, sin dudas fue una descarga emocional que cobrará relevancia con el correr del tiempo.

chicago 2017 tiempos

En las mujeres, Tirunesh Dibaba y Jordan Hasay

Después de sus 2:17:56 en el maratón de Londres de este año, lo que le supusieron el segundo puesto detrás de Mary Keitany, el récord etíope y quinto mejor registro histórico en maratón, para Tirunesh Dibaba, Chicago era la posibilidad de “seguir construyendo historia”. La medallista olímpica en los diez mil metros del Mundial de Londres de este año, salió a correr con una táctica agresiva y lideró siempre la carrera por encima de la keniata Kosgei y Florence Kiplagat (que se quedó sin su tercer victoria consecutiva). A siete kilómetros de meta, Tirunesh se marchó en solitario y Kosgei nunca pudo seguirle el paso. El resultado, 2:18:31 y la sexta mejor marca histórica en la distancia, lo que la convierte en una de las mejores maratonistas del momento junto a Keitany, y agranda su grado de mito.

tirunesh

Párrafo aparte para Jordan Hasay, que llegaba a Chicago después de su tercer puesto en Boston, un campeonato nacional de 20 km y un primer puesto en medio maratón, en Philadelphia. Su registro de 2:23:00 en Boston fue el mejor tiempo absoluto para una debutante estadounidense y puso en potencial la capacidad de Jordan, de 26 años, de ser la próxima gran estrella de los cuarenta y dos kilómetros, después de un pasado agridulce en la pista. Con la muerte de su mamá a cuestas y enfocada en el objetivo, la pupila de Salazar entrenó sabiendo que su performance debía estar a la altura de las expectativas que había generado. El resultado, otro tercer puesto detrás de Dibaba y Kosgei y el segundo mejor crono all-time de Estados Unidos con 2:20:57, sólo por detrás de Deena Kastor y por delante de Shalane Flanagan. Para Jordan, la historia recién empieza a escribirse.

jordan paula joann

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