Sha’Carri Richardson y Brianna McNeal, un debate sobre atletismo, drogas y salud mental

Si hubo una estrella en los Trials Olímpicos de Estados Unidos esa fue Sha’Carri Richardson, una de las apariciones más rutilantes de la velocidad no sólo norteamericana, sino mundial en los últimos años. Figura magnética desde sus días corriendo para la universidad de LSU en la NCAA, Richardson creció rápidamente en el profesionalismo a base de actuaciones colosales, si, pero sobre todo haciendo uso de su carisma dentro de la pista, algo que trascendió al atletismo hace tan solo un par de semanas en unos Trials donde Carri’Richardson fue genia y figura, ganando la final después de haber hecho 10.64 en las semifinales, la sexta mejor marca de todos los tiempos. Nada parecía arruinar su cuento de hadas, ni siquiera la peligrosa asociación con el pasado doper de su entrenador, Dennis Mitchell. Cuando hace una semana su positivo por consumo de marihuana saltó a todos los portales del mundo incluso trascendiendo la sección deportiva, la noticia me causó pesar por su oportunidad perdida (al fin y al cabo perdemos también los que creemos en el deporte limpio, los que apostamos porque el atletismo recupere al espectáculo después de la era Bolt) pero también una sensación de final anunciado, al menos para esta etapa. 

La apabullante ganadora de los 100m de la cita preolímpica estadounidense, la chica de 22 años dispuesta a estorbar a los pesos pesados de la velocidad en el cartel de Tokio (cuánto hubiésemos querido ver esa apasionante final frente a Thompson, Fraser-Pryce y Asher Smith), acababa de tuitear I’m human como una elocuente, sencilla y sincera argumentación de por qué había consumido, una frase donde subyace algo que confirmaría después, su exposición a la vulnerabilidad propia del ser humano. Rápidamente la comunidad del atletismo pero también del running reaccionó en un efecto estampida que contagió a las comunidades negras del país norteamericano, que por supuesto caló hondo en la esfera política y generó consiguientemente un debate más de espectro geopolítico que meramente deportivo. En una sociedad ya de por sí dividida como la estadounidense, enseguida se marcaron ambos bandos, los que piden por liberar a Richardson de la condena de un mes que le impuso la WADA (World Athletics Anti-doping, por sus siglas en inglés) esgrimiendo que la regla sobre estupefacientes es ridícula y anacrónica; y quienes reclaman que se respete la norma como está confeccionada, dejando una vez más la discusión para otro momento. La política estadounidense, avivada por la propia Sha’Carri en sus redes y por el espectro del mundo deportivo de ese país, entró en debate, con legisladores de la talla de Alexandria Ocasio Cortez alegando por la cuestión racial como factor determinante en la condena. Incluso hasta el propio Joe Biden dijo que las normas están para respetarse pero que “estaba orgulloso de cómo había reaccionado Sha’Carri”

Sha’Carri Richardson eclipsó al mundo del atletismo cuando en las semifinales de los Trials hizo la sexta mejor marca de todos los tiempos, con solo 22 años. Foto: Justin Britton

Más allá de la apasionada discusión en Estados Unidos, en el mundo del deporte como nunca se abrió el debate por las sustancias dopantes y la relación que estas tienen con la mejora del rendimiento, el factor clave de suspensión para un deportista. Concretamente, el consumo social de cannabis, que hace rato dejó de criminalizarse en Estados Unidos e incluso es legal en 18 estados, está ampliamente demostrado que no es una sustancia potenciadora del desempeño (al contrario de la familia de los esteroides o la testosterona, por nombrar sólo algunas), y aunque tanto la WADA como la USADA (US Anti-doping Agency, por sus siglas en inglés, la federación encargada de regular el doping en USA y que es parte de la WADA) la tienen en su lista por considerarla un estimulante para regular la ansiedad previa a la competencia, hay estudios que también van a contramano de eso. Por su parte, Sha’Carri Richardson elaboró un genuino pedido de disculpas al que acompañó con una razón contundente para explicar el consumo -la muerte de su madre biológica-, además de hacerse cargo de las consecuencias, que a esas alturas ya se conocían: un mes de suspensión desde el 28 de junio y la automática anulación de su título en los Trials, algo que la despoja inmediatamente de la posibilidad de participar en la prueba individual de los 100m ya que Estados Unidos considera esa competencia como la única vía de entrada a unos J.J.O.O. Para terminar de sepultar los sueños olímpicos de Sha’Carri este año, el martes la USATF anunció el roster estadounidense definitivo para Tokio, en el que lógicamente no está en los 100m pero tampoco en la posta 4×100, una posibilidad que se barajó ya que la caducidad de la sanción termina días antes de la competencia. La señal de una hipótetica inclusión de Richardson en el equipo, promovida por el ala más progresista del deporte y encabezada por los deportistas de color, finalmente tampoco ocurrirá y Sha’Carri quedará como un símbolo contracultural más que como la deportista llamada a eclipsar a Tokio. Hasta hay un petitorio en Change para cambiar la decisión, una medida inédita que presiona no solo a las autoridades, sino también a la propia Sha’Carri y también a sus compañeras de equipo. La propia deportista eligió no sumarse a esos pedidos, mantenerse en la postura de aceptar su error y prometer regresar para ser campeona mundial en 2022, además de agradecer el apoyo de su comunidad, todos detalles valorables en medio del escándalo.

Unas horas después de conocida la noticia, la USATF (USA track and field, por sus siglas en inglés) elaboró un escueto comunicado en el que habló de la salud mental de la deportista, algo que pasó por alto pero me parece clave: en el fragor de la discusión por la condena y la privación de Richardson en los Juegos Olímpicos, nos perdimos de las razones que llevaron, más allá de lo que dijo Carri, a llevarla a consumir, y eso podría ser desde falta de contención hasta problemas de inserción, pasando por ansiedad, angustia y depresión, factores tabú en su momento pero que son cada vez más comunes en la discusión en cualquier ámbito de la vida e incluso en el deporte, que permitió a los atletas hablar del tema y sobre todo sumó programas de ayuda. Como dice esta nota de opinión del New York Times, las reglas están para cumplirse, pero las reglas a veces pueden ser estúpidas. Sin embargo están ahí y Sha’Carri Richardson tendrá que efectivamente seguir cumpliéndolas como cualquier deportista del mundo: ni una llegada ostentosa en la línea de meta, ni su carismática figura ni el hecho de ser estadounidense podrán exceptuarla de la regla, una perspectiva fácil de ver para quienes estamos afuera pero al parecer difícil para millones de sus propios compatriotas. Luego, y lo más importante, vendrá un necesario debate por la norma que establece la condena por consumo social de sustancias que no afectan el rendimiento, una discusión necesaria de un tema que quedó anacrónico dentro del atletismo. A mi punto de vista lo más relevante, se verá si la discusión de la salud mental se abre en el caso de Richardson, o si en cambio es demasiado tarde y la juvenil potencia llamada a destrozar récords y cosechar medallas se queda en el tintero ya no por consumo de marihuana, sino por cosas más graves.

Sha’Carri Richardson durante los últimos Trials Olímpicos. Foto: Justin Britton

El caso de Brianna McNeal

Menos mediático, más silencioso, sin tanto marketing pero con cierto aire a injusticia, la corredora de vallas Brianna McNeal, campeona de los 100m c/v en los Trials y medallista olímpica en Río 2016, tuvo que denunciar en un acto sumamente doloroso las razones por las cuales fue suspendida por cinco años por evadir un control antidopaje dos días después –en una confesión que hizo ella misma al New York Times– de que se realizara un aborto. El día del control, McNeal estaba en la cama recuperándose física y mentalmente, según se desprende de sus declaraciones. La condena se suma a una anterior por un año como resultado de evadir tres controles, dos por un olvido en los paraderos (dijo haberse olvidado de actualizar los datos en el sistema de rastreo) y otra por una confusión en el horario en que estaría disponible para la visita. Asumiendo que esa condena por un año es correcta, los cinco años que recientemente le impuso la WADA son, cuanto menos, una señal del poco entendimiento y la poca empatía de las autoridades que velan por un deporte sin dopaje. En un mundo que más o menos ya debate con regularidad y hasta en muchos casos amparados por la ley el tema del aborto, nadie comprendió la verdadera dimensión del trauma que eso puede generar ya no en una deportista, sino en una mujer. “En este momento me siento excomulgada del deporte en sí y estigmatizada, y para mí es injusto”, dijo McNeal en una videollamada antes de que el TAS rechazara su apelación. “Simplemente no creo que esto justifique una suspensión en absoluto, mucho menos una suspensión de cinco años, solo por un tecnicismo, un error honesto durante un momento muy emotivo”. Dijo sufrir depresión y agregó: “Dicen que están protegiendo a los atletas que están limpios, pero yo no me siento protegida en absoluto. Siento que me están juzgando por esta gran decisión que tomé y que realmente afectó mi vida”. Además, McNeal denunció que la World Athletics la retó por haber acudido a un consejero espiritual en lugar de a un psiquiatra, y que ellos no creían que sufriera un trauma ya que compitió dos semanas después de la operación, como si ella no tuviera que trabajar para subsistir. Más allá de la responsabilidad de la deportista, evidentemente los mecanismos de regulación del dopaje están rotos o deben ser revisados. Mientras la sociedad se hace eco de los casos de mayor impacto en figuras como Shelby Houlihan o Sha’Carri Richardson, la trampa que hizo o en la que hicieron caer a Brianna McNeal no contribuye a limpiar el deporte, más bien todo lo contrario, lo ensucia y para peor, estigmatiza a las mujeres, algo peor que no poder defender un título olímpico.


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